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Mis hermanos y amigos: hace dos o tres días, el señor alcalde de Ibagué puso a ondear en lo alto del palacio municipal una gran bandera, y colgó dos grandes pendones en la fachada, y en la noche ordenó una iluminación de la misma, todo con los colores de la bandera de la comunidad lgbty, dizque para “conmemorar el día internacional del orgullo gay”… ¿ Qué opinan ustedes? A mí se me ocurrió, a propósito, la siguiente reflexión, que, como siempre hago con mis bobadas, les comparto sencillamente. Con un abrazo. Mario

De los Eufemismos al Desconcierto Ético Y Social.

Vivimos, no cabe duda, tiempos de confusión y desconcierto. Ya no disfrutamos del sosiego y la firmeza de quien sabe a qué atenerse, en materia de discernimiento entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo, entre lo que es lícito y lo que es prohibido. Y se me ocurre pensar que en esta situación de incertidumbre, tiene mucho que ver la ambigüedad del lenguaje. Es que se nos ha olvidado llamar las cosas por su nombre. Y la estrecha relación que existe entre el lenguaje y el pensamiento, hace que si aquel no es claro y preciso, éste adolezca de oscuridades; y lo uno y lo otro conduce a titubeos en el comportamiento, a opciones y actitudes que se visten de la misma ambigüedad de las palabras.

Me explico. El relativismo ético y el subjetivismo que han invadido grandes corrientes de pensamiento, hacen que muchas cosas cuya calificación moral o social era clara, y que casi todos reconocíamos como aceptables o censurables, ya hoy no lo parezcan. Si no en teoría, sí en la práctica la sociedad ha caído en la anomia. Aun sin decirlo, se pretende que no puede haber normas que tengan fuerza vinculante pata todos y en todo momento. El aceptar la existencia de una ley natural que, precisamente por serlo, es universal e inmutable, y está por encima de toda ley positiva, parece a muchos una negación de la autonomía del hombre y un atentado contra la libertad; una libertad exaltada “hasta el extremo de considerarla como un absoluto que sería la fuente de los valores” ( Benedicto XVI, Veritatis splendor, 32 ) Y esa forma de pensar, lleva naturalmente a negar que hay acciones y cosas que son en sí mismas buenas o malas, independientemente de que estén mandadas o prohibidas por una autoridad cualquiera. Para muchos, legal equivale a lícito y bueno; lo cual no es cierto. Hay quienes piensan que comportamientos que antes fueron malos, hoy han dejado de serlo; lo cual, en muchos casos, no puede admitirse. En aras de defender y exaltar los derechos del individuo, se llega a desconocer los de la comunidad. Y so pretexto de reivindicar los derechos, se cae en la negación de los deberes.

Dije antes que en todo esto juega papel importante la ambigüedad, muchas veces buscada intencionalmente, del lenguaje. Y es que, para paliar el aspecto éticamente inaceptable de muchas cosas, o para atenuar el rechazo que ellas provocarían si se les diera su verdadero nombre, se las disfraza con otros términos, se buscan eufemismos arteros e hipócritas. Y se utilizan “comodines” verbales que resultan útiles. Tales, para dar algunos ejemplos, “el libre desarrollo de la personalidad” para justificar comportamientos que en sicología social se llaman desviantes, y que violan las normas sociales, o para frenar el ejercicio de la autoridad en la familia, en el colegio, en la comunidad; “ bandolero” suena demasiado fuerte, digamos más bien guerrillero, o grupos al margen de la ley…o los alzados en armas…; ya no hay aborto, hay “interrupción voluntaria del embarazo”; ya no se habla de cuidar la vida del aún no nacido, sino de “ejercer los derechos reproductivos de la mujer y dejarla ser dueña de su cuerpo”; ya no se le da muerte a un enfermo grave, o a un anciano, o a alguien aquejado de enfermedad incurable, sino que se le ayuda a “morir con dignidad”; ya no hay anomalías o desviaciones, sino “elección libre de lo que quiero ser en materia sexual” ; y así podríamos seguir señalando otros cuantos equívocos verbales, que conducen insensiblemente a equivocaciones en la acción. Artimañas del lenguaje para no llamar las cosas por su nombre, que van creando una atmósfera de inseguridad, en la que no existen ya verdades absolutas y objetivas, y que, como por osmosis, nos va permeando.

Y ese es el camino por el que se llega a expresiones absurdas, y de las expresiones a comportamientos aberrantes, como la institucionalización del “día del orgullo gay” , y a que un alcalde utilice las instalaciones oficiales para exaltarlo, en actitud que además de ser el colmo de la memez y el ridículo, es una ofensa a una ciudad y a la inmensa mayoría de sus habitantes. El homosexualismo es, - en el sentido etimológico de las palabras, simplemente, - una anormalidad, algo anómalo; como lo son muchas deformaciones y dolencias síquicas o físicas. Y quien las padece debe ser objeto de respeto como persona, de atención, de ayuda, de caritativo apoyo para que, en la medida de lo posible, pueda superarlas o llevarlas con dignidad, pero esas anormalidades no pueden ser motivo de orgullo. Ni deben erigirse como paradigmas. Que es lo que han hecho la celebración “oficial” arriba señalada, y unas cuantas páginas recientes de El Tiempo, de Semana y de otros medios de comunicación.

Vivimos en la inseguridad y el desconcierto; y a él nos llevan frecuentemente las anfibologías y ambigüedades del lenguaje. Tratemos de llamar las cosas por su nombre.

Mario García Isaza c.m.

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